Estimadas gentes...
Este es el último de los cuentos participantes. Hemos resuelto, entre dos :P, que la elección será el día lunes 08OCT. Podrán votar todos los que quieran, una sola vez, por mail (a vero.segui@gmail.com). Cada uno podrá elegir dos cuentos. El primero de ellos obtendrá dos votos; el segundo, uno. Una vez que se haya realizado el escrutinio, se publicará el resultado final y a quien votó cada uno para darle transparencia.
Ahora sí, disfruten del último!
Este es el último de los cuentos participantes. Hemos resuelto, entre dos :P, que la elección será el día lunes 08OCT. Podrán votar todos los que quieran, una sola vez, por mail (a vero.segui@gmail.com). Cada uno podrá elegir dos cuentos. El primero de ellos obtendrá dos votos; el segundo, uno. Una vez que se haya realizado el escrutinio, se publicará el resultado final y a quien votó cada uno para darle transparencia.
Ahora sí, disfruten del último!

Desde su puesto detrás del mostrador del pequeño quiosco, la miraba siempre cruzar la calle con ese andar más sexual que elegante, pero que sin dudas lo atrapaba. Sin embargo, no la deseaba. O, mejor dicho, sí la deseaba de alguna manera, pero eso no era lo más importante. En sus fantasías no había sexo. Estaban repletas de besos y caricias que lo trasladaban a luminosos paraísos de ternura, con esas típicas escenas de romanticismo en cámara lenta.
En las charlas de las noches con sus amigos se le hacía imposible compatibilizar sus sentimientos con la dosis de virilidad verbal mínima exigida. Y mentía. Inventaba un poco para estar a la altura de la situación. Pero no le molestaba.
Leandro -compañero, amigo y vecino-, era el que más se zarpaba cuando hablaban de ella. O de cualquier otra, a decir verdad. Pero le gustaba hablar de ella, era una de sus favoritas. Se daba manija con “esas nalgas”, con lo que le haría “si la agarrara”, con los favores sexuales que le exigiría, sin saltearse detalle ni orificio alguno.
A pesar de sus sentimientos, debía confesar que, asombrosamente, estos comentarios de su amigo no lo perturbaban en absoluto, ni lo indignaban, ni lo enojaban. Al contrario, le resultaban muy divertidos. Admiraba la capacidad de Leandro para descubrir cada día una grosería nueva. Era una usina creativa. Y sabía transmitir bien sus ideas porque, al escucharlo hablar, él podía imaginar claramente la carne de ella cediendo, las lágrimas, el dolor y la sumisión; podía ver y escuchar la fricción sucia, distinguir dedos firmes y sin escrúpulos, ojos suplicantes, sonrisas satisfechas.
Pero el colmo de la extrañeza y el asombro se dio cuando una tarde, al verlos cruzar la misma calle tomados de la mano, en actitud de parejita feliz, tampoco sintió enojo ni molestia. Ni siquiera envidia. Sólo pensaba que, ni en sus mejores realidades, podría Leandro alcanzar los paraísos que se le habían revelado a él soñándose junto a ella.
En las charlas de las noches con sus amigos se le hacía imposible compatibilizar sus sentimientos con la dosis de virilidad verbal mínima exigida. Y mentía. Inventaba un poco para estar a la altura de la situación. Pero no le molestaba.
Leandro -compañero, amigo y vecino-, era el que más se zarpaba cuando hablaban de ella. O de cualquier otra, a decir verdad. Pero le gustaba hablar de ella, era una de sus favoritas. Se daba manija con “esas nalgas”, con lo que le haría “si la agarrara”, con los favores sexuales que le exigiría, sin saltearse detalle ni orificio alguno.
A pesar de sus sentimientos, debía confesar que, asombrosamente, estos comentarios de su amigo no lo perturbaban en absoluto, ni lo indignaban, ni lo enojaban. Al contrario, le resultaban muy divertidos. Admiraba la capacidad de Leandro para descubrir cada día una grosería nueva. Era una usina creativa. Y sabía transmitir bien sus ideas porque, al escucharlo hablar, él podía imaginar claramente la carne de ella cediendo, las lágrimas, el dolor y la sumisión; podía ver y escuchar la fricción sucia, distinguir dedos firmes y sin escrúpulos, ojos suplicantes, sonrisas satisfechas.
Pero el colmo de la extrañeza y el asombro se dio cuando una tarde, al verlos cruzar la misma calle tomados de la mano, en actitud de parejita feliz, tampoco sintió enojo ni molestia. Ni siquiera envidia. Sólo pensaba que, ni en sus mejores realidades, podría Leandro alcanzar los paraísos que se le habían revelado a él soñándose junto a ella.







